¿Cómo ser esa persona adulta que me hubiera gustado que me apoyara en mi infancia?
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Muchas personas llegamos a la adultez con una pregunta silenciosa:
Ser la persona adulta que nos hubiera gustado tener en la infancia no implica perfección, sino presencia, conciencia y responsabilidad afectiva.
Muchas veces nos planteamos esto cuando debemos afrontar la maternidad o la paternidad y nos surgen dudas, especialmente cuando los modelos que tuvimos no fueron como nos hubiese gustado.
Escuchar de verdad (aunque incomode)
En la infancia no necesitábamos adultos con todas las respuestas, sino adultos que escucharan sin minimizar:
-
sin el “no es para tanto”
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sin el “cuando seas grande se te pasa”
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sin burlas ni prejuicios
Hoy podemos elegir escuchar a niñas, niños y adolescentes validando lo que sienten, aunque no entendamos del todo o no sepamos aún qué hacer.
👉 Escuchar también es una forma de cuidado.
Nombrar las emociones, no censurarlas
Muchos/as crecimos aprendiendo a:
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callar el enojo
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esconder el miedo
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sentir culpa por la tristeza
Ser el adulto que necesitábamos, implica habilitar todas las emociones, no solamente las “agradables”.
Enseñar que sentir no está mal y que las emociones nos aportan información, no castigos, porque estamos aprendiendo toda la vida, y no se puede aprender sin emociones positivas. .
Poner límites que cuidan, no que dañan
El adulto que acompaña:
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explica
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sostiene
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repara cuando se equivoca
Un límite bien puesto no lastima la autoestima: la protege.
Creer en las infancias (y en las adolescencias)
Ser ese adulto es no dudar automáticamente, es no mirar para otro lado. Especialmente cuando se trata de situaciones de vulneración de derechos.
Revisar nuestra propia historia
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reconocer nuestras heridas
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pedir ayuda si la necesitamos
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no repetir violencias naturalizadas
La crianza, la educación y el acompañamiento no se basan en “cómo me criaron”, sino en qué infancias queremos construir hoy.
Ofrecer presencia, no perfección
A veces, ser el adulto que necesitábamos es tan simple —y tan profundo— como decir:
“Estoy acá. Lo que te pasa, me importa.”
Y tal vez, en el camino, también estemos sanando algo de nuestra propia historia
Bien, ahora pensemos qué significa tener una mirada desde los derechos...
Pensar qué adulto nos hubiera gustado tener en nuestra infancia, no es solo un ejercicio emocional o personal. Es, también, una pregunta profundamente ligada al enfoque de derechos de niñas, niños y adolescentes.
Desde esta perspectiva, las infancias no son objetos de tutela ni propiedad de los adultos, sino sujetos plenos de derechos, con voz, dignidad y necesidades propias.
Empezar por reconocer a las infancias como sujetos de derechos significa...
Esto supone:
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respetar su palabra
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considerar sus opiniones
-
reconocer su derecho a ser escuchadas/os (art. 12 de la Convención sobre los Derechos del Niño)
No se trata de que decidan todo, sino de que su voz tenga lugar real.
Garantizar el derecho a ser escuchados/as
Muchas personas adultas hoy cargan con el dolor de no haber sido escuchadas, o peor aún, de no haber sido creídas.
Desde el enfoque de derechos, el adulto que cuida:
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escucha activamente
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no minimiza ni ridiculiza
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no duda automáticamente de lo que el niño, la niña o adolescente expresa
Especialmente frente a situaciones de violencia, el deber adulto es proteger, no cuestionar.
Acompañar el desarrollo integral
El derecho al desarrollo no es solo biológico o académico. Es emocional, vincular, cognitivo y social.
Ser el adulto que nos hubiera gustado tener implica:
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respetar los tiempos de cada uno/a
-
evitar comparaciones
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comprender que cada trayecto es único
Acompañar no es exigir rendimientos, sino ofrecer condiciones para que el desarrollo sea posible.
Ejercer la autoridad desde el cuidado y no desde el poder
El enfoque de derechos no elimina los límites, pero sí transforma su sentido.
Y esto es algo que genera muchas dudas hoy en día, porque suele pensarse que poner límites es violentar el cuerpo (pegar con objetos como "chancletas" o darles palmadas en las nalgas, obviamente hay quienes creen que hay que agredir y golpear con un cinturón o una vara, porque así lo hicieron con ellos o ellas). Y, en el otro extremo, está quien permite todo y directamente no pone ningún límite, dejando a los chicos y a las chicas a la deriva.
Es un tema delicado, pero veamos...
Los límites:
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deben ser claros, previsibles y no violentos
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no pueden vulnerar la dignidad
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se orientan al cuidado y la protección
La autoridad adulta se legitima cuando cuida, explica y repara, no cuando impone desde el miedo.
Prejuicios y justificación de la violencia física...
Esta es la parte más dura y más real. Podemos estar o no de acuerdo, pero te aseguro que estas cosas te van a conectar con emociones de tu pasado si fuiste violentado/a en tu infancia.
Muchas personas que han sido víctimas de violencias en su infancia, naturalizaron el dolor físico y emocional de la agresión, justificando que "era por su bien". Y al crecer, se convencieron de que así "salieron buenas personas". Pero, luego encontramos muchas personas adultas "obedientes", que se dejan violentar por otros/as, por sus parejas, por ejemplo, creyendo que esa agresión es por amor, que es para cuidarlas y es "por su bien".
El amor no es dolor, la violencia no es justificable. Si amas a alguien, vas a evitar que sienta dolor.
Si tu hijo o hija se enferma, lo/a llevas al médico para que se alivie, entonces, ¿por qué lo o la golpearías? ¿Quien va a curar la herida que le causás?
Si alguien le pega en la escuela, por ejemplo, vas a ir a quejarte, entonces, el mensaje que recibe es que un extraño no debe pegarle, pero quien debe amarlo/a y cuidarlo/a sí: estás enseñando a validar el dolor que le cause un ser querido.
Y no, no es exagerado. Porque cada niño, niña o adolescente, vive de manera diferente la agresión y crecerá con resentimiento, miedo, vergüenza, no confiará cuando le pase algo por miedo al maltrato o se alejará de vos en cuanto pueda, y te preguntarás por qué.
Pensá que si una persona adulta golpea a otra persona adulta, enseguida se procede a denunciarla.
Pero se justifica golpear a un niño, una niña o un adolescente, "para que aprenda". Va a aprender a que tenés el poder. Y sí, lo tenés, pero te aseguro que hay formas no autoritarias de enseñar respeto. Porque autoridad y autoritarismo no es lo mismo.
¿Por qué a un/a adulto/a no se le puede pegar pero sí a los chicos y las chicas? La respuesta es simple: porque no se pueden defender, son vulnerables, dependen de otra persona adulta que defienda sus derechos, como por ejemplo, los y las docentes.
Si agredís físicamente a tus hijos e hijas y te obedecen, no lo hacen por respeto, lo hacen por miedo; un miedo que angustia, paraliza y deja huellas dolorosas. Porque el golpe se va, pero la huella emocional se queda para siempre.
Prevenir violencias es una responsabilidad adulta
Las violencias contra las infancias no son hechos aislados: se sostienen en silencios, en naturalizaciones.
Ser el adulto que faltó implica:
-
no justificar violencias “educativas”
-
intervenir frente a indicadores de riesgo
-
promover entornos seguros
La prevención es una obligación ética y legal, no una opción personal.
Reparar, pedir perdón y revisar prácticas
Pedir perdón, revisar prácticas y modificar conductas también es enseñar derechos.
Acompañar hoy para garantizar derechos mañana...
Cada vez que un adulto:
-
escucha sin juzgar
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pone límites sin violencia
-
respeta la diversidad
-
acompaña con empatía
está garantizando derechos en el presente y construyendo ciudadanía.
Pensar qué adulto nos hubiera gustado tener en nuestra infancia, aunque no lo creas, es una pregunta vinculada al enfoque de derechos de niñas, niños y adolescentes, consagrado en la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) y en la Ley Nacional 26.061 de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.
No hace falta que te las acuerdes, siempre podés volver a consultarlas o buscarlas en sitios oficiales, porque están disponibles y es importante conocerlas.
Desde este marco, las infancias son reconocidas como sujetos plenos de derechos, y los adultos tenemos la responsabilidad indelegable de garantizarlos: todos/as los/as adultos/as, tengamos o no hijos e hijas.
La clave: reconocer a niñas, niños y adolescentes como sujetos de derechos
La Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) establece que toda persona menor de 18 años es titular de derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales (art. 1 y 2).
Ser el adulto que acompaña desde este enfoque implica:
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dejar atrás miradas adultocéntricas (como si fueran adultos pequeños)
-
reconocer la dignidad y el valor propio de cada infancia
-
comprender que no se trata de “prepararlos para el futuro”, sino de respetar su presente
La Ley 26.061 refuerza este paradigma al sustituir el modelo tutelar (tradicional) por uno de protección integral.
Garantizar el derecho a ser escuchados/as
El artículo 12 de la CDN reconoce el derecho de niñas, niños y adolescentes a expresar su opinión en todos los asuntos que los afecten, y a que esta sea tenida en cuenta según su edad y madurez.
La Ley 26.061 retoma este principio y obliga a los adultos a:
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escuchar activamente
-
respetar su palabra
-
generar espacios reales de participación
Ser el adulto que faltó muchas veces implica creer, escuchar y no deslegitimar.
Priorizar el interés superior del niño
El interés superior del niño (art. 3 de la CDN y art. 3 de la Ley 26.061) debe ser una consideración primordial en toda decisión que los involucre.
Esto implica preguntarnos:
-
¿esta decisión cuida o vulnera?
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¿responde a las necesidades del niño, la niña o adolescente, o a la comodidad adulta?
Acompañar desde el interés superior es corrernos del poder y acercarnos al cuidado.
Acompañar el desarrollo integral
El artículo 6 de la CDN reconoce el derecho a la vida, la supervivencia y el desarrollo, entendido de manera integral.
Desde la psicopedagogía, esto implica:
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respetar los tiempos subjetivos
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comprender el desarrollo como un proceso singular
-
ofrecer condiciones afectivas, educativas y sociales que lo posibiliten
La Ley 26.061 obliga al Estado, la familia y la comunidad a garantizar este desarrollo sin discriminación.
Ejercer la autoridad sin violencia
La Convención protege a niñas, niños y adolescentes contra toda forma de violencia, abuso o trato negligente (art. 19).
Ser el adulto que cuida implica:
-
rechazar castigos físicos y humillantes
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construir límites claros y no violentos
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entender que la autoridad se ejerce desde la responsabilidad, no desde el miedo
La violencia nunca es una herramienta educativa legítima.
Prevenir, detectar e intervenir ante vulneraciones de derechos
La Ley 26.061 establece la obligación de todos los adultos de comunicar e intervenir frente a situaciones de amenaza o vulneración de derechos.
No intervenir también es una forma de vulnerar.
Ser el adulto que nos hubiera gustado tener es:
-
no mirar para otro lado
-
no relativizar el dolor
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activar redes de cuidado y protección
Reparar también es garantizar derechos
Reparar enseña que:
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los vínculos pueden reconstruirse
-
la dignidad importa
-
los derechos se ejercen también en lo cotidiano
Ser el adulto que nos hubiera gustado tener en la infancia es garantizar derechos en el presente, no desde el discurso, sino desde las prácticas diarias.
Cada escucha, cada límite sin violencia, cada gesto de respeto es una forma concreta de cumplir la Convención y la Ley.
Ahora, revisemos la responsabilidad adulta
Ser el adulto o la adulta que nos hubiera gustado tener en la infancia no es una consigna emocional ni un ideal inalcanzable. Es una responsabilidad concreta para quienes hoy acompañamos, educamos, cuidamos o trabajamos con niñas, niños y adolescentes.
Desde el enfoque de derechos, el llamado es claro:
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Revisar nuestras prácticas cotidianas: cómo hablamos, cómo escuchamos, cómo ponemos límites, cómo intervenimos ante el dolor ajeno.
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Formarnos y actualizarnos en marcos legales y conceptuales que protegen las infancias, porque el desconocimiento también vulnera derechos.
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Intervenir ante situaciones de violencia o riesgo, sin mirar para otro lado, activando los dispositivos institucionales y comunitarios correspondientes.
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Construir entornos seguros y respetuosos, donde la palabra de niñas, niños y adolescentes tenga valor y consecuencias.
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Asumir que acompañar infancias no es un acto individual, sino una tarea colectiva que involucra a la familia, la escuela, la salud y la comunidad.
Cada persona adulta referente —madres, padres, docentes, profesionales, cuidadores— tenemos un rol clave en la garantía de derechos. No se trata de hacerlo perfecto, sino de hacernos responsables.
Ser hoy ese adulto presente, disponible y respetuoso puede marcar una diferencia profunda en la vida de una infancia o una adolescencia.
👉Preguntas para reflexionar y acompañar una crianza saludable y responsable
Estas preguntas no buscan respuestas perfectas, sino detenernos a pensar nuestras prácticas adultas y el lugar que ocupamos en la vida de niñas, niños y adolescentes.
👉Sobre la escucha y la palabra
-
¿Escucho a las infancias y adolescencias con la misma seriedad con la que escucho a otros/as adultos/as?
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¿Valido lo que sienten, incluso cuando no lo comprendo o no coincido?
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¿Qué hago cuando algo de lo que dicen me incomoda?
👉Sobre las emociones
-
¿Habilito todas las emociones o solo algunas?
-
¿Qué mensajes transmito cuando un niño, una niña o adolescente llora, se enoja o tiene miedo?
-
¿Puedo acompañar emociones intensas sin intentar silenciarlas rápidamente?
👉Sobre los límites y la autoridad
-
¿Los límites que pongo cuidan o lastiman?
-
¿Explico el sentido de las normas o solo exijo obediencia?
-
¿Cómo reacciono cuando me equivoco: reparo, pido perdón, reviso?
👉Sobre el enfoque de derechos
-
¿Reconozco a niñas, niños y adolescentes como sujetos de derechos o como objetos de control?
-
¿Tengo en cuenta su interés superior en las decisiones que los afectan?
-
¿Respeto su derecho a ser escuchados/as en la vida cotidiana?
👉Sobre las violencias
-
¿Qué prácticas naturalizadas podrían estar vulnerando derechos?
-
¿Cómo intervengo cuando detecto una situación de violencia o riesgo?
-
¿Busco ayuda y activo redes o prefiero minimizar para evitar conflictos?
👉Sobre la diversidad y la singularidad
-
¿Respeto los tiempos, procesos e identidades de cada niño, niña o adolescente?
-
¿Evito comparaciones y etiquetas que pueden dañar la autoestima?
-
¿Mi mirada acompaña o condiciona?
👉Sobre nuestra propia historia
-
¿Qué experiencias de mi infancia influyen hoy en mi manera de acompañar?
-
¿Qué quiero repetir y qué necesito transformar?
-
¿Me permito pedir ayuda cuando siento que no puedo solo/a?
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